A veces me cuesta dormirme. Porque cuando sola, en silencio y oscuridad, la mente permite que aflore todo aquello que en el ruido y la luz intentó suprimir.
Pasar un año lejos de quienes más queremos en el mundo no es fácil. Uno pasa su vida entera en compañía de personas que naturalmente se vuelven esenciales. Familia, amigos, seres queridos. Son otro factor que está siempre presente en la realidad cotidiana, y te das cuenta de que no son una parte física de vos cuando te vas.
Uno creería que los primeros meses son los más difíciles, por el shock y lo repentino del cambio. Pero a mí (y calculo que a muchos otros) me pasó que fueron los más fáciles. Fue un poco como saber que estás dando un paso al vacío pero con mucha confianza en lo que estás haciendo. Como subirte a una montaña rusa con toda la calma y tranquilidad del mundo, diciendo "creería que va a ir bien, no parece ser taaaaan grav...". Y ahí arranca.
Al principio yo me fui sin miedo, creyendo que sí, extrañaría, pero que bueno, pasaría rápido, que no era tan terrible extrañar un poco. JA. Me gustaría encontrarme a mi versión de hace unos meses. Por supuesto que al principio estaba sobre emocionada, con mil cosas en la cabeza, intentando apreneder y asimilar todo lo nuevo, conociendo gente y lugares, yendo de acá para allá, sin parar. Casi ni me acordaba de que me faltaba algo.
La primera vez que realmente entré en crisis fue para las fiestas. Siempre había escuchado que esa era una época difícil para un estudiante de intercambio, pero me parecía absurdo. Esa es justamente la oportunidad para vivir Navidad y Año Nuevo de una forma distinta y nueva, es una época de casa llena, alegría, movimiento. No entendí que también es una época de querer ir a casa hasta que llegó.
Fueron en verdad fiestas distintas, con otras costumbres, historias y hábitos, y disfruté mucho de conocerlas, pero en esos días andaba con la sensación en el pecho de que en mi casa eran más lindas. Ver a toda la familia junta, los chistes de siempre, el brindis después de las doce, los fuegos artificiales, mis amigos que salían de fiesta, el calor... Esas son las videollamadas que te dan justo donde duele. Fue una semana que estuve un poco más abajo que de costumbre, pero como todas las otras semanas del año, terminó pasando.
A partir de ahí dejó de ser todo cuesta arriba, y una vez por mes aproximadamente me agarra un bajonazo con ganas de volver. A veces escucho música triste o veo algún corto/video/película que me haga llorar para poder canalizar la emoción. Escribo, por supuesto, abrazo cosas que me traje de casa, y me termino durmiendo, después de un rato.
Tener demasiado contacto con tu país, en mi experiencia, es contraprocudente. Al menos cuando sabés que te queda todavía un buen tramo del intercambio para recorrer, porque te agarra la desesperación. La distancia está ahí y no hay nada que puedas hacer para acortarla. Es una sensación de claustrofobia aún cuando tenés un continente entero para vos. Lo que más me funcionó fue distraerme, echar raíces acá, hacer de ésta, también mi casa. Desde cosas tontas como decorar mi habitación y pegar fotos en las paredes, hasta empezar hobbies y armar rutinas que hagan que este lugar se sienta un poco más mío. Otros estudiantes de intercambio son esenciales en esta etapa, porque no solo entienden lo que estás pasando porque ellos están en la misma, sino que son tus amigos, y te conocen, como vos los conocés a ellos, y se puede dar una muy linda retroalimentación de intentar levantarse el ánimo mutuamente.
Recién ahora que me quedan solo tres meses de intercambio me permito hablar más con mi familia y amigos en Argentina, porque sé que puedo manejarlo. Estoy relativamente tranquila, porque ya habiendo experimentado la velocidad con que pasa el tiempo, sé que antes de que me de cuenta voy a estar allá de nuevo, y la desesperación me agarra en realidad cuando pienso en que me voy a tener que ir.
De todas formas, no es cuestión de enterrar el dolor. La tristeza no va a desaparecer por más que la ignores. Como con el miedo o cualquier otro sentimiento negativo, la mejor manera de lidiar con él, es enfrentándolo. Entregarse a esa emoción aunque duela. No estancarse ahí, por supuesto, hay que intentar sacar algo positivo de ese dolor, hay que trabajarlo, pero no sin antes procesarlo en su pura naturaleza. Permitirse llorar, permitirse extrañar y permitirse estar abajo.
Naturalmente, no es un momento "placentero", pero es parte de la vida. Sería preocupante que no extrañe mi primer hogar. Los momentos tristes existen para hacer contraste con los lindos, y que seamos capaces de apreciarlos. Hay que vivir todas las emociones y experiencias para poder mantener un balance.
De ese equilibrio nace nuestro crecimiento y aprendizaje.
Pasar un año lejos de quienes más queremos en el mundo no es fácil. Uno pasa su vida entera en compañía de personas que naturalmente se vuelven esenciales. Familia, amigos, seres queridos. Son otro factor que está siempre presente en la realidad cotidiana, y te das cuenta de que no son una parte física de vos cuando te vas.
Uno creería que los primeros meses son los más difíciles, por el shock y lo repentino del cambio. Pero a mí (y calculo que a muchos otros) me pasó que fueron los más fáciles. Fue un poco como saber que estás dando un paso al vacío pero con mucha confianza en lo que estás haciendo. Como subirte a una montaña rusa con toda la calma y tranquilidad del mundo, diciendo "creería que va a ir bien, no parece ser taaaaan grav...". Y ahí arranca.
Al principio yo me fui sin miedo, creyendo que sí, extrañaría, pero que bueno, pasaría rápido, que no era tan terrible extrañar un poco. JA. Me gustaría encontrarme a mi versión de hace unos meses. Por supuesto que al principio estaba sobre emocionada, con mil cosas en la cabeza, intentando apreneder y asimilar todo lo nuevo, conociendo gente y lugares, yendo de acá para allá, sin parar. Casi ni me acordaba de que me faltaba algo.
La primera vez que realmente entré en crisis fue para las fiestas. Siempre había escuchado que esa era una época difícil para un estudiante de intercambio, pero me parecía absurdo. Esa es justamente la oportunidad para vivir Navidad y Año Nuevo de una forma distinta y nueva, es una época de casa llena, alegría, movimiento. No entendí que también es una época de querer ir a casa hasta que llegó.
Fueron en verdad fiestas distintas, con otras costumbres, historias y hábitos, y disfruté mucho de conocerlas, pero en esos días andaba con la sensación en el pecho de que en mi casa eran más lindas. Ver a toda la familia junta, los chistes de siempre, el brindis después de las doce, los fuegos artificiales, mis amigos que salían de fiesta, el calor... Esas son las videollamadas que te dan justo donde duele. Fue una semana que estuve un poco más abajo que de costumbre, pero como todas las otras semanas del año, terminó pasando.
A partir de ahí dejó de ser todo cuesta arriba, y una vez por mes aproximadamente me agarra un bajonazo con ganas de volver. A veces escucho música triste o veo algún corto/video/película que me haga llorar para poder canalizar la emoción. Escribo, por supuesto, abrazo cosas que me traje de casa, y me termino durmiendo, después de un rato.
Tener demasiado contacto con tu país, en mi experiencia, es contraprocudente. Al menos cuando sabés que te queda todavía un buen tramo del intercambio para recorrer, porque te agarra la desesperación. La distancia está ahí y no hay nada que puedas hacer para acortarla. Es una sensación de claustrofobia aún cuando tenés un continente entero para vos. Lo que más me funcionó fue distraerme, echar raíces acá, hacer de ésta, también mi casa. Desde cosas tontas como decorar mi habitación y pegar fotos en las paredes, hasta empezar hobbies y armar rutinas que hagan que este lugar se sienta un poco más mío. Otros estudiantes de intercambio son esenciales en esta etapa, porque no solo entienden lo que estás pasando porque ellos están en la misma, sino que son tus amigos, y te conocen, como vos los conocés a ellos, y se puede dar una muy linda retroalimentación de intentar levantarse el ánimo mutuamente.
Recién ahora que me quedan solo tres meses de intercambio me permito hablar más con mi familia y amigos en Argentina, porque sé que puedo manejarlo. Estoy relativamente tranquila, porque ya habiendo experimentado la velocidad con que pasa el tiempo, sé que antes de que me de cuenta voy a estar allá de nuevo, y la desesperación me agarra en realidad cuando pienso en que me voy a tener que ir.
De todas formas, no es cuestión de enterrar el dolor. La tristeza no va a desaparecer por más que la ignores. Como con el miedo o cualquier otro sentimiento negativo, la mejor manera de lidiar con él, es enfrentándolo. Entregarse a esa emoción aunque duela. No estancarse ahí, por supuesto, hay que intentar sacar algo positivo de ese dolor, hay que trabajarlo, pero no sin antes procesarlo en su pura naturaleza. Permitirse llorar, permitirse extrañar y permitirse estar abajo.
Naturalmente, no es un momento "placentero", pero es parte de la vida. Sería preocupante que no extrañe mi primer hogar. Los momentos tristes existen para hacer contraste con los lindos, y que seamos capaces de apreciarlos. Hay que vivir todas las emociones y experiencias para poder mantener un balance.
De ese equilibrio nace nuestro crecimiento y aprendizaje.
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